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Porfirio Barba Jacob

Parábola del retorno

Señora, buenos días; señor, muy buenos días... 
Decidme: ¿Es esta granja la que fue de Ricard? 
¿No estuvo recatada bajo frondas umbrías, 
no tuvo un naranjero, y un sauce y un palmar?

​

El viejo huertecillo de perfumadas grutas 
donde íbamos... donde iban los niños a jugar, 
¿no tiene ahora nidos y pájaros y frutas? 
¿Señora, y quién recoge los gajos del pomar?

​

Decidme, ¿ha mucho tiempo que se arruinó el molino y que perdió sus muros, su acequia, su pajar?  Las hierbas, ya crecidas, ocultan el camino.  ¿De quién son esas fábricas? ¿Quién hizo puente real?

​

El agua de la acequia, brillante, fresca y pura, 
no pasa alegre y gárrula cantando su cantar; 
la acequia se ha borrado bajo la fronda oscura, 
y el chorro, blanco y fúlgido, ni riela ni murmura...  Señor, ¿no os hace falta su música cordial?

​

Dejadme entrar, señores... ¡por Dios! Si os importuno, este precioso niño me puede acompañar. ¿Dejáis que yo le bese sobre el cabello bruno, que enmarca entre caireles su frente angelical?

​

Recuerdo... Hace treinta años estuvo aquí mi cama;  hacia la izquierda estaban la cuna y el altar... Decidme, ¿y por los techos aún fluye y se derrama, de noche, la armonía del agua en el pajar?

​

Recuerdo... Éramos cinco. Después, una mañana,  un médico muy serio vino de la ciudad. Hizo cerrar la alcoba de Tonia y la ventana... 
Nosotros indagábamos con insistencia vana, 
y nos hicieron alejar.

​

Tornamos a la tarde, cargados de racimos, 
de piñuelas, de uvas y gajos de arrayán. 
La granja estaba llena de arrullos y de mimos... 
¡y éramos seis! ¡Había nacido Jaime ya!

​

Señora, buenos días; señor, muy buenos días, 
y adiós... Sí, es esta granja la que fue de Ricard, 
y éste es el viejo huerto de avenidas umbrías 
que tuvo un sauce, un roble, zuribios y pomar, 
y un pobre jardincillo de tréboles y acacias...

​

¡Señor, muy buenos días! ¡Señora, muchas gracias!

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